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miércoles, 29 de marzo de 2017

Tu pecado no es invisible


Un sociólogo hondureño solía hacer la observación que nosotros le damos pleitesía a la corrupción en nuestro país. Muchos tienden a admirar secretamente a aquellos que hacen cosas malas, sin que nadie los vea, y logran salirse con la suya. Por ejemplo, es común escuchar siempre a más de algún señor alabar a un pícaro diciendo cosas como: "Fulano sí que le entiende al trámite." Como si esconder las fechorías es una virtud digna de admiración. No obstante, aunque gran parte de la población en nuestro país piense que uno puede libremente hacer el mal y escaparse de los mecanismos de justicia, hay una verdad inmutable: nadie logra que su pecado escape de la mirada de Dios.

El evangelio según Marcos (cap. 14) relata un episodio muy particular, acerca de un personaje interesante: Pedro, el apóstol. Pedro es el tipo de persona que habla más de lo que debe y que siempre actúa de forma impulsiva. Es de los hombres que siempre tienen 20 centavos de opinión para tirar acerca de todos los temas en la conversación. Una noche antes de ser apresado, Jesús comparte un tiempo con sus discípulos, los doce hombres que habían estado con él durante el transcurso de su ministerio. Y en esa reunión, Jesús advierte que ellos le dejarán y lo van a negar. Ante esto, Pedro, con el ego herido, pues había sido parte de una organización revolucionaria conocida como "los zelotes", y por naturaleza muy beligerante, se pone de pie y dice que eso no será así, al menos en el caso de él. Jesús conociendo mejor la situación le dice que en realidad, esa misma noche, antes que el gallo cante, Pedro negará a Su maestro. Dicho de otra manera, Jesús mira el pecado y el fracaso de Pedro aún antes que él lo cometa.

Más adelante, Lucas, el médico historiador, registra que una criada señala a Pedro diciendo que él era uno de los que andaban con el nazareno, pues su forma de hablar lo delataba. Pedro niega contundentemente tener alguna relación con Jesús. Y en uno de los versos más oscuros y tristes en los evangelios, Lucas 22:60 dice que Jesús se volteó y miró a Pedro mientras él lo estaba negando. Jesús no sólo miró a Pedro antes de que él pecara. Sino que también lo miró mientras él estaba pecando.

Porque los pecados de Pedro, así como los nuestros, no se escapan de la mirada de Dios. Parece que Dios conoce a Pedro mejor de lo que Pedro se conocía a sí mismo. Al igual, que Dios te conoce a ti mejor de lo que tú te conoces a ti.

Unos días atrás, los diarios hondureños publicaron las conversaciones telefónicas llevadas a cabo entre el hijo de un expresidente de la república y uno de sus socios comerciales. Ambos se encuentran en este momento tras las rejas, en una cárcel federal de los Estados Unidos por el delito de estar involucrados en asociaciones ilícitas.  Dudo mucho que ambos estuvieran pensando en ese momento que un día todo el país estaría al tanto de las cosas que ellos hablaban por teléfono. El asunto es que para Dios no existe una categoría de “pecados privados.” Todos los pecados son públicos ante Dios. Tus pecados, eventualmente, te alcanzarán. Por mucho que lo ocultes de las personas a tu alrededor, aún de los más suspicaces y perceptivas, no se escapará de la mirada de Dios.

El Señor mira los mensajes de texto que tú le envías a una mujer que no es tu esposa.
Dios observa el historial de navegación en tu celular.
El Señor escucha los falsos testimonios que tú levantas en contra de alguien.

En definitiva, tu pecado jamás está fuera del radar de Dios.


Es cierto, Dios nos mira. Pero, lo hace a través de los lentes de Jesús: con gracia y verdad. Y esto es una buena noticia. Jesús nos ve con verdad, sin ignorar lo que hemos hecho. Y tampoco pretende que la solución es esconder nuestros pecados debajo de la alfombra. Él llama al pecado como lo que es: una rebelión cósmica ante el Rey del Universo. Pero, Jesús también nos mira con gracia. Sabiendo que la naturaleza auto destructiva del pecado es, en muchas ocasiones, el castigo en sí mismo.

La verdad del evangelio no rasca nuestros corazones de forma superficial. Sino que cava profundamente hasta las capas de incredulidad más gruesas en nuestro espíritu. Porque es ahí donde Jesús nos espera con brazos abiertos para darnos agua viva y decirnos: "Arrepiéntete y cree en el evangelio." Tu pecado “privado”, tarde o temprano, te alcanzará. Y puede que se haga público. Pero, también lo hará Su gracia, exhibida públicamente en una cruz. 

-Luís Luna Jr.
Pecador rescatado por gracia. Hijo eternamente amado por Abba.


lunes, 28 de noviembre de 2016

Pequé...¿y ahora qué?


Si estás respirando quiere decir que estás vivo. Si estás vivo es seguro que has pecado. O estás pecando. O vas a pecar. Al decir esto no es porque yo esté deseando que esto pase. Sino porque los humanos vivimos en mundo emponzoñado por el pecado. El pecado existe no sólo a nuestro alrededor sino también, y esta es la realidad más difícil de aceptar, en nuestro interior (Rom. 3:23). Incluso, para quienes estamos en Cristo.

Si estamos en Cristo, eso significa que Él ha pagado por la penalidad de nuestro pecado (Rom. 6:23; 8:1-2). Por medio del Espíritu Santo estamos siendo librados del poder del pecado (2 Tes. 2:13). Pero, un día, en la glorificación y en la venida total de Su Reino, seremos liberados totalmente de la presencia del pecado (Fil. 3:21). Sin embargo, lo que eso significa, es que en este lado de la eternidad lucharemos de forma continua con el pecado remanente en nuestros corazones. Es por esta razón que Pablo nos instruye a que nos vistamos del nuevo hombre (Efesios 4:24).

La lucha con el pecado es algo real que ocurrirá en nuestro caminar diario (Rom. 8:12-13). Nuestra lucha contra el pecado estará marcada por victorias. Confiamos en que la gracia del Señor nos sostiene y la mano del Espíritu nos llevará a salvo hasta el día que Cristo venga. Pero, también, en algunas ocasiones, más de lo que estamos dispuestos a admitir, experimentaremos derrotas. Así que, por esto, quiero compartir contigo tres sugerencias para levantarte después de haber caído en pecado.

1. Reconoce que has pecado. Pretender que todo está bien no anula la realidad del pecado que cometiste. Es más, una de las tantas cosas que hace es que alarga el proceso de restauración. Seguirás comiendo algarrobas para cerdos si sigues negando tu pecado. La restauración comienza al quitarnos la máscara. La Biblia enseña que "quien cubre sus pecados no prosperará. Más quien los confiesa y se aparta, alcanzará misericordia” (Prov. 28:13).

Tal vez no quieres admitir que pecaste porque tienes miedo de lo que eso haría a la imagen que intentas proyectar hacia los demás. Sin embargo, ¿de qué le vale a un hombre ganar una buena reputación e imagen y perder su alma? El primer paso para curarse es admitir que uno está enfermo. Reconoce tu pecado. No te justifiques.

2. Cambia tu mente hacia el pecado. Puede que muchos no tengamos ningún problema en reconocer el pecado que hemos hecho. Pero, seguimos pensando de la misma manera con respecto a él. Podemos reconocer nuestras transgresiones, pero seguirlas amando al mismo tiempo. Debemos ver el pecado por lo que realmente es: una alta traición y rebelión ante el Soberano Creador del Universo que, en su infinita gracia, ha decidido llamarnos Sus hijos. El pecado es un suicidio espiritual. Es cauterizar la mente. Nos volvemos leprosos arrancando pedazos de nuestra misma piel. 

No hay nada más deshumanizante que el pecado. Y debemos verlo como Dios lo ve: aborreciéndolo. La palabra bíblica para esto es "arrepentimiento." En el idioma original el vocablo es "metanoia", que, esencialmente, significa cambiar de mentalidad y retornar en el camino acerca de algo. Cuando nos arrepentimos de verdad, estamos cambiando la manera en que pensamos acerca del pecado. Reconozcamos nuestro pecado y cambiemos la manera en que pensamos sobre el a través del arrepentimiento. Porque el reino de Dios ha venido (Mat. 3:2).

3. Contempla a Jesús. Puede ser que cuando pensamos en restaurarnos después de haber pecado, lo primera idea que se nos viene a nuestra mente es "esfuerzo." Esto es cierto, en gran medida. Debemos estar vigilantes hacia aquellos pecados que eventualmente pueden enfriar nuestro corazón. Debemos esforzarnos y estar alertas. Pero, es importante que dirijamos bien nuestros esfuerzos. Debemos esforzarnos en enfocar nuestra mirada en Jesús. Dios transforma nuestras vidas no cuando decidimos "portarnos bien" sino cuando determinamos poner la mirada de nuestros ojos espirituales en la belleza y la majestad de Jesús. 

Ese es el camino para la restauración después de haber pecado y para la liberación progresiva del pecado mismo (2 Cor. 3:18). Porque cuando vemos la hermosura de Dios en Cristo, al mismo tiempo vemos lo horrible que es el pecado. El famoso predicador londinense Charles Spurgeon solía decir: "Cuando el pecado se vuelve amargo, Cristo comienza a sentirse dulce." De la misma manera, cuando vemos que Dios es hermoso, comenzamos a repugnar el pecado.

Luís Luna Jr.

Pecador rescatado por gracia. Hijo eternamente por Abba.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Buenas noticias: Jesús no es tu coach


Ya varias veces he intentado ser parte de la cultura fit que se ha apoderado del mundo. Con pena, admito que no he podido. Mi pancita es evidencia empírica de ello. Un tiempo atrás probé ingresar a un gimnasio. “De todos modos”, solía decirme a mí mismo, “no es algo que parezca tan difícil. Sólo voy, hago mi rutina y me largo.” Eso era lo que yo creía. Los veteranos del gym han detectado esta misma ingenuidad en los novatos que se inscriben la primera semana de enero de todos los años.

Entré pensando que como yo sabía el resultado que quería alcanzar, no necesitaba de alguien que me dijera lo que tenía que hacer. Pasó poco tiempo para reconocer lo equivocado que estaba. Me di cuenta que, por mucho que no quisiera, necesitaba de un coach, o instructor o de gimnasio cuyo nombre fuera Mike, Tony o Charlie. ¿Alguna vez se han preguntado porque casi todos los entrenadores de gimnasio llevan nombres como esos?

En fin, nos guste o no, en el gimnasio en particular y en la vida en general necesitamos de coaches o entrenadores que nos ayuden a tomar decisiones correctas.
Necesitamos coaches, por ejemplo, en nuestras finanzas. Tal vez tienes metas financieras grandes. Pero, ¿adivina qué? Hay personas que ya han logrado los objetivos que tú recién te acabas de poner. Y una de las mejores cosas que puedes hacer es acercarte a estas personas para invitarles un café, hacerle buenas preguntas y luego callarte la boca para aprender acerca de cómo han logrado lo que han logrado.

Necesitamos coaches que nos ayuden a llevar buenas relaciones interpersonales. Si analizamos bien nuestras vidas nos daremos cuenta que una causa común de los problemas que cargamos son conflictos no resueltos que involucran las relaciones más cercanas y significativas que tenemos. Pero, hay personas que han sabido caminar el a veces espinoso trecho de las relaciones humanas y pueden guiarnos para que seamos saludables en esta área.

Estos sólo son algunos ejemplos, pero podemos seguir nombrando áreas en las que necesitamos la retroalimentación y el consejo de aquellos que ya han estado en donde nosotros queremos llegar. Y que pueden guiarnos hasta ahí, en lugar de cargarnos hasta ahí. Después de todo, los mejores coaches son aquellos que nos guían acerca de qué hacer en lugar de aquellos que hacen las cosas por nosotros.

Y por muy novedoso que se pueda escuchar el concepto de tener un coach, no es algo innovador en la Biblia. Pablo aconseja a Timoteo para que enseñe a los hombres y mujeres mayores de la iglesia en Éfeso a que puedan ayudar a madurar a aquellos que están más jóvenes dentro de la congregación. Pero, por mucha ayuda que es tener un coach hay momentos en nuestras vidas que necesitamos algo más que mera instrucción y sabiduría práctica. A veces los consejos no son suficiente. Porque hay momentos en nuestra vida que necesitamos más que sólo buenos consejos y buenos instructores. 

Cómo cuando te encuentras tan cansado que no quieres seguir. Sabes que Dios te ha llamado. Pero, no sabías que la misión a veces puede drenar tu vida. Te sientes cansado. Pero, no sólo físicamente cansado. Sino un cansancio que va más allá. Del tipo de cansancio que no se arregla con dormir 20 minutos por la tarde.  Un cansancio de tanto hacer el bien. Cansado de ser el parachoques de la familia, del trabajo y de la iglesia. Cansado de ser el basurero emocional de la gente que te rodea. Un cansancio del espíritu que se manifiesta en el cuerpo.

O como cuando has sido traicionado. No de forma superficial. Sino traicionado de verdad. Por personas que jamás te lo imaginaste. Traicionado por aquellos en quienes tuviste el atrevimiento de poner tu confianza en las manos de otros. Y ellos la tomaron, la tiraron al suelo, la escupieron y la pisotearon. El puñal duele más cuando es clavado por aquellos que sostenían tu corazón.

O como cuando has perdido a un ser querido. Y el dolor es indescriptible. Si lo quisieras poner en palabras, dirías que la mitad de tu alma se está asfixiando. Porque la otra mitad se fue con la persona que te dejó. La soledad, el desamparo, la ira hacia Dios, y a veces, hacia el difunto. Tanto así que no puedes si quiera funcionar bien en horas laborales. Y estás ausente en horas familiares.

Es bueno tener un coach. Pero, en momentos en la vida como estos necesitas más que un instructor que te diga que hacer. Necesitas a alguien que no sólo te de consejos que lo único que revelan es que él o ella no ha pasado por lo que tú estás pasando. Necesitas a alguien que haya atravesado lo mismo que tú.
Necesitas a un salvador.  Necesitas a Jesús.  El problema central del hombre no es falta de instrucción. El problema central es un problema del corazón. El corazón de todo problema es un problema del corazón. Sólo Jesús puede sostener tu corazón y ayudarte en momentos que sientes que te ahogas y estás espiritualmente y emocionalmente agonizando.

Por eso, cuando estás recogiendo los pedazos que quedaron de tu alma después de haber sido traicionado por alguien que amabas, Jesús no viene a ti con el libro de Dale Carnegie sobre como “Ganar amigos e influenciar a las personas.” El viene a sentarse a tu lado y a decirte: “Me di cuenta que te hirieron.  Yo fui traicionado también por un amigo, sabes. Se llamaba Judas. Sé exactamente cómo te sientes. Y estoy contigo.” En Jesús, Dios ha sido traicionado. Al igual que tú.

Cuando estás atravesando los momentos más oscuros después de la pérdida de un ser querido, Jesús no viene a ti con una presentación de PowerPoint sobre las diferentes etapas del duelo y como atravesarlas de forma efectiva. Jesús viene a conversar contigo diciéndote: “Supe que perdiste a alguien que amabas. Yo también he llorado la muerte de un ser querido. Se llamaba Lázaro. Sé exactamente cómo te sientes. Y estoy contigo.” En Jesús, Dios ha sufrido duelo. Al igual que tú.

Cuando te encuentras a punto de tirar la toalla porque sientes que tu vida es una montaña rusa emocional y estás cansado de todo, Jesús no viene con el artículo más reciente de Harvard Business Review sobre los 5 secretos para incrementar tu productividad en horas laborales. Sino que Jesús viene a contarte acerca de la vez que el sol le fatigó tanto que tuvo que detenerse a pedir agua a una mujer samaritana de dudosa reputación que estaba cerca de un pozo. En Jesús, Dios se cansa y tiene sed. Al igual que tú.

Jesús no es tu coach. Claro, hay muchas cosas que Él tiene tiene que decir acerca de las diferentes áreas de nuestras vidas que debemos escuchar y obedecer. Pero, Jesús da mucho más que buenos consejos. Y es mucho más que un buen instructor. Jesús no es sólo buenos consejos. Jesús es buenas noticias. Jesús es mucho más que un instructor, Jesús es un Redentor. El sumo sacerdote que se compadece de nuestras debilidades porque las ha atravesado todas y ha sufrido de todo al igual que nosotros pero sin pecado.

En medio de los problemas, en medio de las crisis, en medio de las dificultades Jesús no viene a darte una promesa que todo saldrá bien, que todo pasará rápido o que todo se arreglará. Jesús viene a darte algo mucho mejor que eso. Jesús viene a darse a sí mismo. Jesús no siempre trae la solución. Al menos según lo que nosotros concebimos como solución. Pero, siempre trae Su presencia. Porque Su presencia es Su promesa.

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-Luís Luna Jr.
Pecador rescatado por gracia. Hijo eternamente amado por Abba

jueves, 14 de julio de 2016

Predicador, eres un exégeta de la cultura



Uno de los aspectos básicos en la tarea de la predicación es aprender a estudiar el texto bíblico. Después de todo, como suele decir el pastor Tim Keller, debemos predicar la Palabra y no nuestras opiniones. La gente quiere escuchar lo que Dios tiene que decir. No tanto nuestros comentarios editoriales sobre los acontecimientos nacionales e internacionales.

El proceso de estudiar detenidamente un texto para extraer la idea central que el autor original quiso comunicar a la audiencia original es conocido como "exégesis." Esta palabra significa "sacar a la luz lo que ya estaba dentro." Los predicadores bíblicos no se afanan por decir cosas nuevas. Sino que buscan decir verdades eternas de manera fresca. Lo opuesto a la exégesis es la eiségesis. Esto significa ir al texto con ideas preconcebidas. Es básicamente, doblarle el brazo al texto para que diga no lo que está diciendo. Sino, lo que nosotros queremos que diga.

Algún tiempo atrás escuché a un predicador enseñar sobre los lujos que los cristianos nos debemos dar. El usó como texto base el pasaje que dice que el hijo del hombre no tiene lugar para recostar su cabeza (Mateo 8:20). Él después prosiguió a explicar que Jesús era tan lleno de glamour que no había ningún lugar tan fino en toda la provincia en donde el Creador del Universo recostara su cabeza.

Eso es un claro y horrendo ejemplo de hacer eisegesis. Y si tú estás de acuerdo con esta interpretación estás haciendo eiségesis también. Porque estás poniendo tus ideas preconcebidas para que tus ideas guíen el texto. En lugar de que el texto guíe tus ideas. Por tanto, debes arrepentirte. O dejar de predicar. O las dos cosas.

Pero, con todo y el hecho que es importante hacer una lectura apropiada del texto y extraer la verdad central original hacia la audiencia original, la labor no termina ahí. Después de esta ardua tarea hay algo más que debemos estudiar: el contexto. Y no me refiero al contexto del texto. Me refiero al contexto de la audiencia a la que vamos a predicar. Hace algunos días atrás estuve en el país de El Salvador. Josué Campos, un amigo y líder de jóvenes salvadoreño apasionado por Jesús, me recordó acerca de la importancia de esto. Él continuamente decía en nuestras conversaciones: “Luís, quiero aprender a leer bien el contexto de mi ciudad y de mi país.”

Debemos estudiar cuidadosamente el texto. Pero, de la misma forma, debemos estudiar cuidadosamente el contexto que forma los corazones de las personas que nos escuchan. La cultura no determina lo que dice la Escritura. Pero, si nos informa en cómo vamos a decir lo que dice la Escritura. 

Lo que decimos no es más importante de como lo decimos. Pero, cómo lo decimos nunca ha sido tan importante.

Ahora, ¿cómo estudiamos la cultura? Hay mucho que se puede decir acerca de esto. Pero, quiero compartir dos preguntas que continuamente nos debemos hacer si queremos entender mejor la cultura a la que le predicamos.

¿Cuáles son las esperanzas más grandes de la gente a la que le voy a predicar?

Cada comunidad de personas ha depositado la esperanza de su corazón en algo particular y representativo de su entorno. Es cierto, la globalización ha permeado el mundo. Pero, en la mayoría de los casos un grupo demográfico puede tener esperanzas muy particulares y diferentes a las de otro grupo demográfico. Dicho de otra manera, ¿qué es lo que las personas a las que les predicas miran como "la tierra prometida"?

Un tiempo atrás estuve en una congregación en donde el pastor me compartió que la esperanza de los jóvenes en esa comunidad era obtener trabajar como marino en un barco. Trabajar como marino es la tierra prometida ahí. En otro lugar, una zona rural, la esperanza de los muchachos es mudarse a la ciudad. La vida metropolitana puede ser "la tierra prometida." ¿Cuál es la “tierra prometida” de la gente a la que le predicas?

La segunda pregunta es: ¿Cuáles son los temores más grandes de la gente a la que voy a predicar?

De manera similar, los temores que persiguen a un grupo comunitario son peculiares y distintos. A lo mejor el fenómeno de las pandillas es una realidad punzante en tu vecindario y la peor pesadilla de las madres es que sus hijos sean reclutados por estos grupos. 

Tal vez te encuentras en una zona agrario en donde la gente que asiste a tu congregación tema que el verano sea duro y cause que la cosecha se pierda. Puede que ser que la mayoría de personas en tu congregación teman al hecho de quedarse sin empleo. O probablemente lideras una comunidad emprendedora en donde su miedo sea siempre quedarse en el mismo empleo trabajando para alguien más.

En otras palabras, ¿cuál sería la peor pesadilla de alguien en tu comunidad? ¿Qué es lo peor que podría pasar a una persona representativa del entorno en el que ministras?

La razón por la que buscamos entender las esperanzas y los miedos de las personas a las que predicamos no es por acomodar el contenido del mensaje. Sino, más bien porque para confrontar efectivamente primero hay que conocer profundamente. Para confrontar al pueblo con el texto de la Palabra primero hay que conocer el contexto que forma las esperanzas y los miedos del pueblo. Sólo así podrán experimentar a Jesús como la única esperanza y su gracia es la cobija que nos arropa en la noche oscura del alma.


-Luís Luna Jr.
Pecador rescatado por gracia. Hijo eternamente amado por Abba

sábado, 19 de marzo de 2016

5 lecciones que he aprendido de mi papá



He tenido mentores y amigos influyentes en mi vida. Pero, ninguno como mi papá. Hoy se celebra el día del padre. Y quiero compartir algunas lecciones que he aprendido de él. Sin ningún orden en particular, aquí están:

Mi papá me ha enseñado a valorar el estudio teológico.

Mi papá inició el ministerio pastoral reconociendo la necesidad de la preparación teológica. Había ocasiones en que venía de recibir un curso, llegaba a casa, tomaba un baño y salía hacia otro programa de estudio. En los últimos años, he tenido el privilegio de verlo cosechar sus logros académicos en dos graduaciones.

De mi papá he aprendido que amar a Dios y a las personas implica prepararse para servir mejor.

Mi papá me ha enseñado a confiar en la providencia de Dios

Yo estaba coordinando una actividad de jóvenes y unos muchachos ebrios llegaron a causar disturbios y a irrespetar a las muchachas. Con cordialidad y firmeza, les pedí que se fueran. Uno de ellos se molestó y me amenazó. De hecho, me dijo: "Cuando te vea sólo, te voy a meter un puñal." En realidad no me iba a hacer nada. Sólo estaba ebrio. (Espero que no esté leyendo este artículo).

Llegué a mi casa muy asustado. Mi papá me preguntó qué había sucedido. Yo le conté. Y él me respondió: "Vos hiciste lo correcto. Ahora, deja que Dios se encargue de las consecuencias."

De mi papá he aprendido que, por encima de todo lo demás, Dios tiene cuidado de sus hijos.

Mi papá me ha enseñado a amar a la gente aun cuando duele

Una vez después del culto, un hombre fue e insultó a mi papá en su cara. Delante de mi familia. Mi papá es un hombre grande. Y el otro hombre era bajito. Pensé que mi papá le pegaría. Al menos yo lo hubiera hecho. De hecho, yo quería hacerlo. Pero, mi papá guardó silencio. Y el hombre se fue. 

El tiempo pasó y un día ese hombre regresó a la iglesia un 24 de diciembre. Mi papá lo saludó con alegría y lo invitó a compartir con nosotros la cena navideña. En la mesa. En casa.

De mi papá he aprendido que los cristianos amamos a las personas no por cómo nos tratan sino por como Dios nos ha tratado en Cristo. 


Mi papá me ha enseñado que amor se deletrea T-I-E-M-P-O.

Cuando estaba en preparatoria, yo era un niño ansioso e inseguro. Recién nos habíamos mudado de ciudad. No conocía a nadie en el vecindario. Y no tenía amigos en la escuela. Odiaba cuando el timbre sonaba para ir a recreo. Y por eso me quedaba sólo en el aula. La maestra habló con mi papá y le explicó lo que estaba ocurriendo. 

Al día siguiente, cuando era hora de almuerzo, yo estaba abriendo mi lonchera de “Cuasimodo de Notre Dame”, cuando de pronto noté que mi papá estaba entrando por el portón de la escuela. Yo salí corriendo a abrazarlo.

Mi papá siempre ha sido un hombre ocupado. Pero, por muchas semanas él llegaba a hacerme compañía. Apagaba el radio y el beeper/pager/localizador. Y nos sentábamos a comer y a platicar. ¿De qué? No sé. Tenía 6 años. Pero, en esos 30 minutos, yo era el niño más feliz.

Mi papá me ha enseñado a seguir a Cristo

Cuando tenía 8 años mi papá lideraba un grupo de crecimiento en nuestra casa. Un día sábado él predicó el mensaje. Después de escucharle, yo fui al baño a llorar porque no entendía cómo Dios me podía amar siendo yo un niño tan malo. Recuerdo que le dije a mi mamá en mi lenguaje teológicamente inexacto "¿Cómo hago para aceptar a Jesús?"

Mi papá, por medio del Espíritu Santo, me guio a confesar mis pecados y poner mi fe en Jesús. Y desde que tengo memoria espiritual, he visto la vida de Cristo manifestarse a través de la vida de él.

No tuve objeción alguna al estudiar la doctrina de la adopción (Juan 1:12; Rom. 8:16-17) y darme cuenta que Dios, en Cristo, es un buen Padre hacia nosotros sus hijos. Mi papá en la tierra ha sido bueno. Por consiguiente, tiene sentido que mi Papá en el cielo sea bueno.

Ahora, mi papá es un gran hombre. Y lo amo. Pero, es un pecador. Al igual que todos (Rom. 3:23). Y si el amor de un padre en la tierra puede ser tan abnegado, real y sacrificial… ¿“cuanto más vuestro Padre Celestial que está en los cielos”?


Quisiera decir que he sido tan buen hijo como él ha sido tan buen padre. Pero, no es cierto. Siempre recibo mis regañadas. Y muy merecidas. Como ahorita, por ejemplo, que se levantó a reclamarme por tener las luces encendidas y quedarme escribiendo hasta tan tarde...

Gracias papá. Y gracias Papá por mi papá.

-Luís Luna Jr.
Pecador rescatado por gracia. Hijo eternamente amado por Abba.

lunes, 7 de marzo de 2016

La Iglesia ante el homosexualismo: ¿cuál es el mensaje?




El homosexualismo ha sido un tema controversial. Muy cargado de diferentes tipos de emociones, opiniones y polémica.

Sin embargo, debemos empezar reconociendo que esto no es algo nuevo. Pablo, en la carta a los Romanos, describe como "los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres" (Rom. 1:27).

También algunas fuentes históricas indican que en la Grecia clásica, las mujeres con un instinto hacia el mismo sexo eran llevadas a la isla de Lesbos. Según estas fuentes, ese es el origen del término "lesbianas."

Por otro lado, la evolución de la opinión general  hacia el homosexualismo en gran parte del hemisferio occidental es digna de estudio. Años atrás, era considerado como un "trastorno mental" por la Asociación Americana de Psicología. Pero, en el año 1973, fue removido, por casi la mayoría en votación, de su categoría como enfermedad.

Tan radical es el cambio de la opinión pública que lo que antes era considerado como patológico, en la actualidad es celebrado como un acto de valentía. 

Sólo hace falta ver cuando una figura de la farándula toma la decisión de "salir del clóset", el mundo lo vitorea como héroe.

Ciertamente vivimos en días extraños.

Ante esta realidad, la Iglesia debe pensar y actuar bíblicamente. Por eso, quiero compartir tres reflexiones con respecto a la problemática del homosexualismo.

El homosexualismo es igual que los demás pecados

Primero, debemos reconocer que el homosexualismo es un pecado igual que el resto de los pecados. Algunos ya se sienten escandalizados y ofendidos sólo con haber leído esa línea.
Es interesante como todas las sociedades, en casi todas las épocas, eligen pecados para etiquetarlos como imperdonables en comparación con los demás. 

Esto puede sonar extraño, pero la mayoría de cristianos amamos odiar el homosexualismo porque nos hace sentir bien con nosotros mismos. 

Dicho de otra manera, estamos cómodos con nuestros pecados oscuros porque "al menos" no son tan abominables como "eso."

El asunto es que si observas 1 Corintios 6:9-10, en donde Pablo enumera los tipos de personas que no heredarán el Reino de los cielos, los homosexuales están ahí AL LADO de los mentirosos, al lado de los ávaros, al lado de los borrachos, al lado de los adúlteros, al lado de los estafadores y de otros más.

Claro, esto no minimiza la gravedad del pecado. El pecado homosexual es grave. Pero, también lo es la mentira. También lo es la avaricia. También lo es el adulterio. También lo es la borrachera. Ahora bien, ¿reaccionas de la misma manera cuando estás al lado de un homosexual que cuando estás al lado de un ávaro mentiroso? Es muy probable que no. Es probable que uno te escandalice más que el otro.

El pastor Alex Early lo pone de la siguiente manera: "Si Jesús tuviera una plática con dos inconversos, uno homosexual y el otro heterosexual, Él le diría lo mismo a los dos: Los amo. Arrepiéntanse. Nunca los dejaré." 

Jesús desea lo mismo para un pecador homoexual y para un pecador heterosexual: que se arrepientan y crean en el evangelio.

Así que, el resto de los pecados que consideramos “normales” o “perdonables” son, en realidad, igual de grave que el pecado homosexual. 

El homosexualismo no es igual que los demás pecados

Por otro lado, y aunque suene contradictorio, el homosexualismo no es un pecado igual que el resto. Al menos, esa es la realidad en muchos países occidentales.

El teólogo Jonathan Parnell explica diciendo: "Ninguno de los pecados mencionados por Pablo en 1 Cor. 6:9-10 es aplaudido por un gran número de personas que abogan por su normalidad. El adulterio todavía es mal visto. Las acusaciones de avaricia pueden arruinar la campaña política de un candidato. Robar no es todavía abiertamente aceptado, y hasta la fecha no hay iniciativas oficiales diciendo que es normal que quieras tomar cosas que no te pertenecen. No hay, por los momentos, protestas pidiendo a los gobiernos abolir las restricciones de manejo para individuos ebrios. 

Pero, de acuerdo al consenso emergente, en gran parte del hemisferio occidental, el homosexualismo es promovido con vigor y en lugares de prominencia. En este sentido, el homosexualismo es diferente.".

Lo que Alex Early y Jonathan Parnell están diciendo, en esencia, es que el homosexualismo es igual a los demás pecados en el sentido que Dios los juzga a todos por igual. Pero, es diferente al resto de los pecados en el sentido que es promovido y aplaudido en muchos sectores de los países occidentales.

La respuesta de la Iglesia

Entonces, el fondo del problema no es que "DIOS ODIA A LOS GAYS." Sino, que Dios, en amor, ha diseñado un camino para que la humanidad crezca y se desarrolle. Y es a través de la relación heterosexual dentro del matrimonio. Un hombre y una mujer (Gen. 1:28). 

Porque los parámetros de la sexualidad y el matrimonio heterosexual no sólo reflejan al evangelio (Ef. 5:32) sino que es plan que Dios creó para que la humanidad florezca.

Sólo mira la manera en como Dios diseñó la anatomía sexual del hombre y la mujer. Fuimos diseñados para encajar y complementarnos perfectamente. Ese no es el caso con dos personas del mismo sexo.

Sobre esto, el Dr. Russell Moore, presidente de la Comisión de Ética y Libertad Religiosa de la Convención Bautista del Sur en los EUA, comenta: "la Iglesia debe estar preparada para recibir a los refugiados que vengan de la Revolución Sexual."

Es decir, muchas de las personas que ya han seguido "sus instintos y deseos" yendo en contra del diseño de Dios, ya sea en una relación homosexual o en una relación heterosexual fuera del matrimonio, en este momento se están preguntando: "¿Esto es todo?"

Encontraron decepción en el éxtasis que pensaban que los haría feliz. La revolución sexual no cumple lo que promete. 

Por esta razón, necesitamos iglesias que amen lo suficiente como para recibir en gracia y compasión a las personas con una inclinación homosexual. Y que amen lo suficiente como para hablar la verdad en amor diciéndoles que necesitan arrepentirse y creer en Jesús para el perdón y liberación de sus pecados. 

El núcleo del mensaje del evangelio, de acuerdo al Pastor Tim Keller, es “que somos mucho peor de lo que nosotros nos imaginamos; pero, a la vez somos mucho más amados de lo que nosotros soñamos.”


El mensaje de la Iglesia hacia los homosexuales, por tanto, debe ser: “Estás equivocado. Y eres amado.”

¿Y tú? ¿Cuál es tu opinión al respecto? ¡Si te gustó este artículo, compártelo!

-Escrito por Luís Luna Jr.
Pecador rescatado por gracia. Hijo eternamente amado por Abba.

viernes, 12 de febrero de 2016

Reflexiones sobre la nueva Corte Suprema de (In?)Justicia



Sesiones alargadas hasta la medianoche; congresistas desapercibidos del micrófono reflejando su educación (o la falta de ella) en televisión nacional; miembros de bancada acusados de traición; periodistas bailando y billetes de cincuenta lempiras volando. La nueva Corte Suprema de Justicia ha sido electa.

Unos vieron el proceso como fuente de entretenimiento. Las ocurrencias dentro del hemiciclo trajeron una que otra carcajada a más de una persona.

Otros lo vieron con indiferencia. “Yo no pierdo mi tiempo. Los diputados no me dan de comer” me dijo un amigo.

Y aún otros, con vergüenza ajena. En una tienda, escuché a una señora comentar: “Me da pena decir que soy hondureña cuando veo esos relajos.”

Cualquier que haya sido el caso, el país ya tiene nuevos magistrados. Pero, esta noticia es vista de diferentes ángulos.

Una parte de la población lo ve con fatalismo. Como una confirmación que el presidente Hernández “planea quedarse cincuenta años.”

Otra parte lo ve con optimismo. Como una manera de mostrar ante la comunidad internacional que Honduras es un estado de derecho.

El Cuerpo de Cristo está compuesto por personas en ambos lados del péndulo político. Desafortunadamente, es muy usual cometer el error de ver la fe cristiana a través de la realidad política.

Cuando, al contrario, debemos reflexionar sobre la política a través de la realidad de la fe cristiana.

Por eso, quiero compartir contigo tres reflexiones teológicas sobre la elección de la nueva Corte Suprema de Justicia.

Dios es Justo

El primer homicidio en la historia aparece registrado en el libro de Génesis. Un muchacho llamado Caín decide matar a su hermano Abel. Dios lo confronta y le dice: "¿Por qué has hecho esto? La sangre de tu hermano, que has derramado en la tierra me pido a gritos que yo haga justicia” (Gén. 4:10).

Esto es mucho antes de los diez mandamientos y la Torá. Con esta historia, estando aún en el amanecer de la humanidad, Dios está diciendo que Él es justo y no deja que mal permanezca impune.

La historia de Israel progresa y las consecuencias del pecado son más evidentes en la vida del pueblo. Dios habla a través de los profetas. Condena el mal y las diferentes formas de injusticia. Entre ellas, favorecer al mejor postor.

Por ejemplo, Amos 5:12 dice: Yo conozco sus muchas maldades y sus pecados sin fin: oprimen al justo, reciben soborno y en los tribunales hacen que el pobre pierda su causa."

¿Qué quiere decir esto? En la antigua Israel los líderes del pueblo se reunían en las puertas de la ciudad para decidir los casos que la gente les traía. Y en lugar de hacer juicios justos basados en la verdad, los hombres a los que Amos se refiere aceptaban sobornos e ignoraban completamente las peticiones justas de los pobres.

En la actualidad, algunos sectores de la Iglesia se incomodan al hablar sobre el hecho que los crímenes hacia los pobres y oprimidos permanecen sin castigo. Lo catalogan como socialismo con tinte religioso. Cuando, en verdad, accionar en favor de la justicia, hacia los pobres y oprimidos no es marxismo populista. Es simplemente cristianismo bíblico (Salmo 9:9; Prov. 14:31; Isaías 34:18; Zacarías 7:10; Santiago 2:6)

El Señor es un Dios justo. Y Él condena toda forma de injusticia. Entre ellas, recibir sobornos en la corte para favorecer a los mejores postores que buscan seguir oprimiendo a los pobres.        

El pecado, en todas sus formas, debilita la justicia.

En Génesis 3, el pecado entra al mundo de paz y orden que Dios había creado. Nuestros antepasados Adán y Eva, rechazaron la sumisión hacia un Dios bueno y lleno de amor. Y fueron detrás de la autonomía y autosuficiencia. Esto trajo consigo lo que se conoce como La Caída.

El pecado es, en esencia, desobedecer a Dios (1 Juan 3:4). Y desde el jardín del Edén, todos nacemos con la tendencia natural de desobedecer a Dios y rebelarnos en contra de Él (Rom. 5:12).

Esto ha afectado no sólo nuestra “parte espiritual” sino cada faceta de nuestras vidas. El pecado ha deformado la manera en como pensamos acerca de Dios. La manera en cómo nos vemos a nosotros mismos. Y  la manera en como tratamos a los demás. El pecado cauteriza la consciencia y hace que la persona sea "incapaz de sentir vergüenza de nada" (1 Tim. 4:2). Particularmente, ha desquebrajado nuestro sentido de justicia.

Por eso, los sistemas judiciales en los gobiernos, incluyendo gobiernos democráticos, están propensos a fallar. A pesar de esto, muchos ingenuamente idealizan la democracia.
 "La democracia, en el mejor de los casos," dice D.A Carson, "lo único que hace es garantizar que los países cambien de presidente sin que haya derramamiento de sangre.”

No debe sorprendernos, entonces, que todo intento de hacer justicia en este lado de la eternidad sea languidecido por el pecado.

Debemos entristecernos, pero no escandalizarnos, ante la realidad que las iniciativas de justicia a veces fracasan. ¿Por qué? Porque cualquier sistema judicial, por muy coherente y justo que pretenda ser, estará compuesto por pecadores cuya brújula moral es incoherente y errónea.

Ahora, esto no implica que la Iglesia debe quedarse con los brazos cruzados. Nada más viendo como la gente mala hace daño al país. Es cierto, los sistemas judiciales fallarán. Y es exactamente por eso que la Iglesia, teniendo el Espíritu y la Palabra, debe ser un vigilante a favor de la justicia en la nación.

Esto quiere decir que debemos orar por justicia. Y denunciar y trabajar en contra de la impunidad. Ambas. No una o la otra. Sino, una y la otra.

Debemos detenernos a reflexionar, por ejemplo, que según el Centro de Estudios de Impunidad y Justicia de la Universidad de las Américas Puebla, Honduras está ubicada en el cuarto lugar de los países con más impunidad en América Latina y el séptimo en todo el mundo.

En otras palabras, actualmente, Honduras es un lugar seguro para los malhechores.

Dios instituyó las autoridades para castigar a los que hacen el mal (Rom. 13:3-4). Cuando las autoridades no ejecutan este diseño divino se vuelven inefectivas. Y la impunidad se multiplica. Pues, los malos no temen seguir quebrantando la ley. Por eso, el pueblo sufre donde la impunidad reina.

La elección de una nueva corte suprema de justicia sonaba prometedora para gran parte del pueblo hondureño. Sin embargo, los magistrados que fueron elegidos representan a organizaciones políticas con miembros implicados en casos de corrupción, como el desfalco multimillonario del Instituto Hondureño de Seguridad Social (IHSS).

Por esta razón, es difícil que la comunidad hondureña esté segura que la nueva corte investigará y sancionará a sus propios correligionarios.

El pecado individual en el corazón del hombre y el pecado sistémico en las estructuras sociales pueden asfixiar, temporalmente, los clamores del pueblo por justicia.

El Supremo Juez Justo tiene la última palabra

Viéndolo sólo desde este ángulo puede desalentar a cualquiera. Incluso, algunos concluirán que sólo soy un pesimista antipatriota. Pienso que no es así. Hacemos más daño al país cuando pretendemos que “el emperador no está desnudo.”

Algunos hermanos en Cristo mejor prefieren “ver el vaso medio lleno.” O mejor dicho en un lenguaje más santo: "hablar las cosas que no son como si fuesen.”

En realidad, la mala comprensión y aplicación de esta frase aislada de Rom. 4:17, cuyo tema central es el cumplimiento del pacto Abrahámico, ha contribuido a que muchos en el Cuerpo de Cristo piensen que tener fe es negar lo obvio.

Ciertamente no puede significar eso. Lo que sí significa, es que en lugar de negar, podemos enfrentar la actualidad con una firme confianza en una suprema realidad.

Respectivamente, que Dios es un juez justo.

El evangelio de Dios no dice: "¿Pecaste? No te preocupes todo está bien." ¡No! El evangelio nos apunta a la cruz en donde el pecado fue absorbido y castigado en un sustituto: Jesús (Isaías 53:4-6).

La condena justa de Dios hacia el pecado y la injusticia toma lugar en la cruz. Él detesta la maldad. Dios es justo.

Pero, Dios es también misericordioso. Él envía a su propio Hijo como castigo que satisface la deuda por el pecado.

Él es "el justo y el que justifica al que es de la fe de Jesús."-Romanos 3:26.
Dios es justo, el pecado es castigado. Dios es misericordioso, Él castiga el pecado en Su Hijo.

La justicia del evangelio, a diferencia de nuestro sistema judicial, no deja impune al pecado. Todos los pecados son castigados.

Para las personas que han creído en el evangelio, sus pecados fueron castigados en el Gólgota, en Cristo.

Para las personas que preservan la impunidad, oprimen al pobre con libertad y no desean arrepentirse, sus pecados serán castigados en el día del juicio cuando sean enviados al lago de fuego.

Hermanos, la institucionalidad jurídica nacional puede estar fallida. Pero, la naturaleza justa de Dios no lo está. Y eso, más que otra cosa, debe llenarnos de esperanza.

Los jueces terrenales un día responderán por sus actos ante el Supremo Juez Justo. 

Selah.

-Luís Luna Jr.
Pecador rescatado por gracia. Hijo eternamente amado por Abba.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Como elegir un novio(a) sabiamente



Las relaciones de noviazgo pueden ser complicadas. De hecho, como pastor de jóvenes, en muchas ocasiones he tenido que acompañar a más de un corazón herido a causa de una ruptura emocional.

Sin embargo, con todo y esto, estoy en contra de satanizar las relaciones de noviazgo.

Claro, algunos principios de sabiduría son recomendables.

Especialmente con respecto a la edad. Si eres un adolescente y estás en el colegio, pues es mejor estudiar y tener muchos amigos.

Ahórrate quebranto en el corazón y mucho, mucho, muchísimo drama, drama, drama.

Es normal tener un "crush" en el colegio. Es normal sentir la sensación de caminar en el aire cuando esa persona te corresponde. Pero, puede ser peligroso alimentar ilusiones que después te causarán dolor.

No pretendo decir que todos los adolescentes son un montón de inmaduros subhumanos que no tienen derecho a tener novio. Sino que, simplemente, en la adolescencia, la madurez de hormonas no equivale a la madurez de emociones.

El tiempo vendrá. Yo sé. Sueno como viejo. Y son exactamente las palabras que mis papás me decían. Y ¿saben qué? ¡Tenían razón!

Ahora, por otro lado si ya estás en la temporada de vida apropiada para iniciar una relación de noviazgo, creo que estos tres consejos te pueden ayudar al momento de buscar novio (a):

1. Busca carácter, no sólo carita

“Que la belleza de ustedes no sea la externa…Que su belleza sea más bien la incorruptible, la que procede de lo íntimo del corazón…” – 1 Pedro 3:3

En mi país hay un dicho que dice: “Es mejor un feo que te diga: “Vení comamos” a un guapito que te pregunte: “¿Qué comeremos?”

Traducción: es mejor un “feo” trabajador que un “guapo” holgazán.

Esto no significa que buscarás a alguien a quien no encuentres atractivo(a). Sino que, aprende a valorar más su integridad, honestidad y su pasión por Jesús en lugar de como se mira con ese vestido rojo o como luce sus abdominales de acero. 

Cuando la gravedad le juegue la mala broma de hacer su efecto en su cuerpo: ¿Qué es lo que hará que permanezcas con esa persona? Una buena manera de saber si tu novio(a) es  "materia prima para el matrimonio" es hacerte esta pregunta: Si tuvieras hijos, ¿quisieras que ellos tuvieran los hábitos y el carácter de tu novio(a)?

2. Asegúrate que ambos sean de la misma fe

No estéis unidos en yugo desigual con los incrédulos, pues ¿qué asociación tienen la justicia y la iniquidad? ¿O qué comunión la luz con las tinieblas? – 2 Corintios 6:14

Si eres cristiano, no tengas relaciones de noviazgo con inconversos. No, no eres mejor que los inconversos. No, no significa que tengas que comportarte de manera arrogante. Y no, tampoco vas a dejar de hablarles a tus amigos no cristianos. Pero, no existe ninguna comunión entre la luz y las tinieblas.

 Deja de pensar que tú lo vas a convertir. Tú no eres la tercera persona de la Trinidad. No eres el Espíritu Santo. No puedes cambiar a nadie.

¿Dios puede hacer la obra? ¡Claro que sí! Pero, si tal es el caso, deja que Él primero obre entonces. Mira, si de veras consideras pasar el resto de tu vida con una persona inconversa: piensa en tus hijos. 

El pastor J.D Grear lo pone así: "El impacto más grande en la vida espiritual de tus hijos será la persona con quien te cases. ¿De veras quieres que alguien que no comparta tu fe sea la influencia formativa más grande para ellos? ¿Te das cuenta de lo increíblemente egoísta que eso es--sacrificar el alma de tus futuros hijos en el altar de tus pasiones cortas?"

 3. No ignores el consejo de la gente mayor

 "Escucha el consejo, y recibe la corrección, Para que seas sabio en tu vejez.”- Proverbios 19:20

Un error común al momento de elegir un novio (a) es pensar que es "un asunto sólo mío." 

De hecho, algunas de las frases más populares que he escuchado son: 

"lo único que importa es que lo amo"
"mi familia no se tiene que meter"
"sólo somos tú y yo contra el mundo" *esta me causa náuseas*

Es cierto, al final eres tu quien toma la decisión. Pero, es muy sabio apreciar el consejo de las personas que te aman. Estar enamorado puede nublar el pensamiento. Permite que otras personas sabias y mayores conozcan a tu novio (a) y pregúntales su opinión. Puede que ellos vean algo que a ti se te está escapando. Es una mala señal cuando tu relación de noviazgo no le agrada a las personas mayores que te aman. Preséntala a tu pastor, a tu líder de jóvenes, a tus hermanos en la iglesia.

¿Y tú? ¿Cuales son algunos de tus consejos o recomendaciones? ¡Me gustaría saberlos!

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-Luís Luna Jr.
Pecador rescatado por gracia. Hijo eternamente amado por Abba.