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sábado, 7 de noviembre de 2015

Cinco recomendaciones de John Piper para predicadores jóvenes


Cuando tenía 6 años estuve en uno de los puntos más altos del país. Se encuentra en la zona sur. En el departamento de Choluteca. No recuerdo exactamente el nombre de la montaña. Tampoco recuerdo la altura exacta. Pero, sí sé que el lugar era alto. El aire era fresco. La vista era sin igual. Pude ver la hermosura de la costa pacífica en su máximo esplendor.

Esa experiencia me recuerda al libro del Dr. John Piper: "La Supremacía de Dios en la predicación." Este volumen, más que un manual práctico, es una especie de alpinismo homilético. El autor  hace uso del legado teológico del puritano Jonathan Edwards para mostrar que todo sermón debe tener como objetivo cautivar el corazón de sus oyentes con la belleza y la gloria de Dios. 

Es decir, Piper quiere que subas a la montaña y tu corazón sea cautivado con la belleza de lo que ves. De tal manera, que te apasiones por mostrarle a otras personas la hermosura de lo que has visto.

Me encanta como John Piper define la predicación: exaltación expositiva. El predicador explica lo que el texto dice. Exalta a Dios por lo que el texto muestra. Y fervientemente persuade a la congregación a dejar las glorias vanas y patéticas, como la aprobación humana, por la inigualable y majestuosa gloria de Dios.

Quiero compartir cinco recomendaciones que el Dr. John Piper brinda a los predicadores jóvenes en su libro “La Supremacía de Dios en la Predicación”:

1. Lucha por una santidad práctica, intensa y gozosa, en cada área de tu vida. Una de las razones es que no puedes ser algo en el púlpito que no eres durante la semana—al menos no por mucho tiempo. No puedes ser totalmente formal en el púlpito y habitualmente impertinente en la reunión del diaconado y la cena de la iglesia. Tampoco puedes mostrar la gloria de Dios en la alegría de tu predicación si eres hosco, lúgubre y hostil durante la semana. No luches por ser cierta clase de predicador. ¡Lucha por ser cierta clase de persona!

2.  Haz tu vida—especialmente tu vida de estudio—una vida de constante comunión con Dios en oración. El aroma de Dios no permanece en una persona que no permanece en la presencia de Dios. Richard Cecil dijo que “el defecto más grande en los ministros Cristianos es la falta de hábito devocional.” Somos llamados al ministerio de la Palabra y la oración, porque sin oración, el Dios de nuestros estudios será el Dios que no provoca temor ni inspiración, el de los insípidos juegos académicos humanos.

La norma de Cotton Mather era detenerse al final de cada párrafo conforme escribía su sermón, para orar y examinarse, y tratar de fijar en su corazón alguna santa impresión de su tema. Sin este espíritu de oración constante, no podremos mantener la solemnidad y la alegría que permanecen en la vecindad del trono de gracia.

3. Lee libros escritos por aquellos que exudan Biblia cuando los pinchas y que son intensamente apasionados acerca de la verdad que discuten. De hecho, descubrí que era un consejo transformador de vida cuando un profesor de seminario nos pidió hallar a un gran evangelista teólogo, y sumergirnos en su vida y sus escritos. Apenas puedo exagerar el efecto que ha tenido en mi vida vivir con Jonathan Edwards mes tras mes, desde mis días de seminario.

Y por medio de él encontrar mi camino a los hombres más apasionados en el  mundo—¡Calvino, Lutero, Bunyan, Burroughs, Bridges, Flavel, Owen, Charnock, Gurnall, Watson, Sibbes y Ryle! Busca los libros que son apasionados acerca de Dios, y descubrirás que ellos conocen el camino que conduce al gozo, con más exactitud que muchos otros guías contemporáneos.

4. Dirige tu mente a menudo a la contemplación de la muerte. Es absolutamente inevitable si el Señor se demora y es absolutamente trascendental. No pensar en sus implicaciones para la vida y la predicación es increíblemente ingenuo. Edwards fue el hombre que fue—con profundidad y poder (¡y once hijos creyentes!)—por decisiones como éstas, que tomó en su juventud.  

Resuelto. En toda ocasión pensar mucho acerca de mi muerte y las circunstancias comunes que la rodean.  Resuelto. Esforzarme al máximo a fin de actuar como pienso que debiera hacerlo si ya hubiera visto la felicidad del cielo y los tormentos del infierno. –Jonathan Edwards

5. Lucha con toda tu fuerza por conocer a Dios y por humillarte delante de Su poderosa mano (1 Pedro 5:6). No te conformes con guiar a la gente entre las colinas de Su gloria. Conviértete en un escalador de montañas sobre los acantilados de la majestad de Dios, y permite que la verdad comience a trastornarte, de tal modo que nunca agotes las alturas de Dios.

Cada vez que asciendas sobre el borde de un discernimiento, se extiende delante de ti, desapareciendo en las nubes, un millar de kilómetros de imponente belleza en el carácter de Dios.

Prepárate a ascender, y pondera el pensamiento que interminables edades de descubrimiento en el infinito Ser de Dios no serán suficientes para debilitar tu alegría en la gloria de Dios u opacar la intensidad de la solemnidad en Su presencia

Puedes adquirir el libro "La Supremacía de Dios en la Predicación" del Dr. John Piper aquí

-Luís Luna Jr.
Pecador rescatado por gracia. Hijo eternamente amado por Abba.

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jueves, 8 de octubre de 2015

Un consejo para el predicador joven: Guarda la pluma roja, man



Hace algunos días estaba platicando con una maestra y me explicaba que ahora se considera inapropiado corregir un trabajo en el cuaderno de un niño usando pluma roja. Ella prosiguió a explicarme como eso dañaba la autoestima y disminuía la motivación del infante.

Entre otras cosas, esa plática me concientizó ante el hecho que estoy envejeciendo. Recuerdo cuando en mis tiempos de primaria nadie podía escribir en rojo en el cuaderno. Nadie. Excepto una persona: el profesor. Sólo él o ella podían escribir en rojo. Porque rojo significaba corrección.

Las “técnicas pedagógicas modernas” cada día son más raras. Mis maestras me escribían en rojo siempre y nunca me sentí desmotivado. Es más, yo seguía muy motivado presentando trabajos incompletos. Pero, todos sabíamos que cuando el profesor sacaba la pluma roja, había algo que estaba malo.

Esto es igual con los predicadores. Por alguna razón, los predicadores siempre estamos cargando una pluma roja en nuestra mente. Siempre tratando de corregir todo lo que la persona en el púlpito hizo mal a nuestro juicio.

Esa palabra no se pronuncia de esa manera.

Contó demasiados chistes en el sermón. Con la palabra de Dios no se juega.

No contó ningún chiste en el sermón. Es un pecado predicar de forma aburrida.

Gritó mucho. Estaba demasiado emocionado. Demasiado pentecostal.

Fue bien pausado. No tiene la unción. Para nada pentecostal.

Y la lista sigue. De hecho, un amigo una vez me contó que le daba terror predicar en su iglesia. Porque después que alguien terminaba de predicar y se bajaba del púlpito, el pastor tenía un cuaderno en la mano con todas las palabras que habían sido mal pronunciadas y al final les decía: “Corríjalas.”

Ahora, no estoy diciendo que nadie nos debe corregir. Eso sería insensato. La retroalimentación es clave para crecer como comunicador de la Palabra. Pero, es necesario ser sabio y prudente con respecto a cuándo, cómo y a quien darla.

Cuando yo comencé a predicar, no andaba una pluma roja, sino que cargaba un marcador jumbo permanente color rojo. Una vez un hermano predicó en mi iglesia. Y por casualidad yo había estudiado ese pasaje hace algunos días atrás. 

Después de terminar el servicio, me le acerqué y sin pudor le dije: “Bonito su mensaje. Pero, eso no fue lo que el texto quiso decir. En realidad, la tradición oral judía se refiere a este pasaje como bla, bla, bla…” Esto persona sólo me sonrío amablemente y se fue. Yo quedé atónio. ¿Cómo es posible que despreció mi consejo? ¿Quién se atreve a rechazar la guianza hermenéutica de un muchacho de 17 años?

Usar siempre la pluma roja para corregir el sermón de otro cuando te toca estar escuchando revela más la arrogancia en tu corazón que tu deseo de “defender la verdad del evangelio.

Claro. Pablo defendió con tenacidad la sana doctrina. Y acusó a los falsos maestros. Y nosotros tenemos que hacerlo también. Pero, hay una gran diferencia entre alguien que está en error doctrinal por falta de instrucción y alguien que intencionalmente quiere desviar a las ovejas para edificar su propio imperio. Aprendamos a discernir entre ambas.

Sé lo difícil que puede ser. Más si estás en algún tipo de estudio teológico formal como en un seminario e instituto bíblico. Quieres decirle a todos los que predican en tu iglesia lo equivocado que están y porque deben aprender a usar una verdad central, palabra clave, aliteración y cuanta cosa.

Pero, mira, relájate. No seas el típico seminarista que recién terminó de cursar “Interpretación Bíblica” y “Homilética” y ahora quiere andar por ahí evaluando a todo mundo desde Walter Mercado hasta a Adrián Rogers.  

Tú no eres Charles Spurgeon. Y esas personas a las que tanto quieres corregir en tu iglesia han sido pacientes contigo escuchando decenas de tus sermones inmaduros.

Así que guarda la pluma roja, sé humilde, saca la pluma negra, anota y crece.

Sí, hay contextos específicos para la corregir, como una clase o curso sobre predicación en los que nadie puede escapar a la examinación del estudio, estructuración y entrega del mensaje. Pero, predicar se aprende predicando.

Y si en verdad crees que tu retroalimentación puede ser beneficiosa para la persona que recién predicó. Espera un par de días, invítale un café y trae a conversación el tema con un simple pero auténtico: "Hey, te felicito por haber predicado. Y quiero sugerirte un par de cosas que sé que puedes hacer mejor."

Necesitamos más Aquilas y Priscilas dispuestos a instruir apropiadamente a los Apolos de esta generación.


 Y comenzó [Apolos] a hablar con denuedo en la sinagoga; pero cuando le oyeron Priscila y Aquila, le tomaron aparte y le expusieron más exactamente el camino de Dios. – Hechos 18:26

-Luís Luna Jr.
Pecador rescatado por gracia. Hijo eternamente amado por Abba.

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jueves, 24 de septiembre de 2015

Advise to the young preacher: Don't vent from the pulpit, bro.


Preachers, teachers and Christian communicators are, first and foremost, persons. Before we fulfill any ministry role, we are fragile human beings and sinners in desperate need of the grace of God.

Every pastor, evangelist, teacher or what-not isn't a celebrity who has already "arrived" but, rather a child of God in the middle of his sanctification process.

This means that, just like any other human being, preachers get offended and ticked off.

Someone didn't like what we said or how we said it, and we take it personal.

Someone doesn't like the way we lead the church and we take it personal.

Someone says our teaching is not deep enough and we take it personal.

Someone says our teaching is too deep and we take it personal.

To an extent, that's normal. And with time, the Holy Spirit chisels away everything that does not look like Jesus and we realize that God didn't call us to be everything for everybody but He assigned us a specific mission to accomplish while on this earth.

But, that's a lifetime process and not an overnight act that happens all of a sudden.
However, those of us in pastoral ministry have an asset that the "regular Christians" don't have: a pulpit. And that can be very dangerous. Scary, even.

Because from the pulpit we can take the anger off of our chest toward a specific person and camouflage it as "the voice of God speaking."

From the pulpit we can boldly scream that which we are too coward to speak in person...and still sound spiritual.

See, if you're in ministry, you will get hurt. You will be offended. Count on that.

But, deal with your problems and fix them in private. If your heart is hurting because you have been offended, try to talk it over with that person.

If he or she doesn't want to talk about it, get a friend so you can vent and receive counsel.

Pray. Cry. Pour out your heart before the throne of Grace.

Nevertheless, don't hurt your congregation because your ego was hurt. Your church is not guilty of your personal issues.

People who come in through the church doors are usually weary, tired and heavy laden.

They got issues with their dysfunctional family.

Their jobs are uncertain.

They have financial shortcomings.

But they show up.

And they show up with the vague expectation of probably hearing a message from the Holy Spirit that will draw their hearts nearer to beauty and majesty of God...not the pastor using the preaching time as a cathartic opportunity.

Insecure leaders tag all sort of feedback as opposition. Healthy leaders evaluate criticism to see if there's some truth in it...and, usually there always is.


I'm not saying hold up and swallow your grudges. Work through them. Confront the person. 
Vent...but not when you're up there.

May our pulpits be streams of grace and truth to the hearts of our brethren...and not the place where we wash our dirty laundry.

-Luis Luna Jr.
Sinner saved by grace. Abba's beloved child.